El precio de la verdad: Petro, Gaza y la arrogancia imperial
Por ORD
Sept. 29/25.-La noticia corrió como pólvora: Estados Unidos revocó la visa del presidente Gustavo Petro tras su protesta en Nueva York contra el genocidio en Gaza y su discurso en la ONU donde denunció, con nombre propio, la complicidad de las potencias occidentales. Lo que para algunos es un gesto diplomático menor, en realidad constituye una agresión sin precedentes al derecho internacional y un atropello a la inmunidad que protege a los jefes de Estado.
La decisión revela una contradicción fundamental: mientras Petro exige que los militares norteamericanos no disparen contra la humanidad, Washington responde con un castigo que pretende silenciarlo. Pero la historia enseña que toda censura amplifica la verdad. Lejos de quedar aislado, el presidente colombiano ha recibido un respaldo internacional inmenso. Medios como CNN, BBC, Euronews, Telemundo, La Jornada de México e incluso portales alternativos como Resumen Latinoamericano registraron que la sanción fue consecuencia directa de la valentía de Petro al marchar en Nueva York junto a activistas como Roger Waters y denunciar públicamente a Benjamín Netanyahu, hoy procesado en la Corte Penal Internacional.
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La protesta de un presidente latinoamericano no es un hecho anecdótico, es el reflejo de un quiebre en la hegemonía del relato occidental. Petro dijo lo que otros callan: que Netanyahu, bajo el disfraz de la “seguridad de Israel”, repite el mismo horror que el pueblo judío sufrió en el Holocausto nazi. Gaza, bombardeada sin piedad, se ha convertido en el nuevo gueto; las niñas y niños palestinos, en víctimas de una maquinaria de exterminio que utiliza la memoria del pasado como escudo para justificar la barbarie presente.
Frente a este genocidio, la reacción de la ultraderecha colombiana es el silencio cómplice. Callan sobre Netanyahu, aplauden la arrogancia de Washington y, peor aún, legitiman a un expresidente como Iván Duque que viaja a rendir honores al primer ministro israelí mientras miles de inocentes son masacrados. En contraste, Petro eleva una voz incómoda pero necesaria: la de la humanidad que se rebela contra la codicia y la guerra.
La pregunta central es inevitable: ¿Cómo puede seguir la sede de la ONU en el país que viola de manera flagrante el derecho internacional, persigue la voz de un presidente por denunciar un genocidio y se erige hipócritamente como garante de la democracia y los derechos humanos? Mantener a la ONU en Nueva York, tras este atropello, equivale a legitimar al mayor violador de la paz mundial.
La voz de Petro, como lo advirtió el papa Francisco, resuena en el contexto de una “tercera guerra mundial por partes”. Su llamado no es solo por Palestina, es por toda la humanidad. Es el grito de un gobierno que, a pesar de la presión imperial, decide pararse del lado de las víctimas y no de los victimarios.
No basta con escuchar. Es hora de actuar. La denuncia de Petro interpela a todos: desde los trabajadores explotados en América Latina hasta los multimillonarios que dominan la economía global. Nadie puede excusarse en la indiferencia. Los pueblos deben levantarse contra este macabro genocidio y exigir el fin de la barbarie. Y hasta el más rico del mundo debe comprender que su fortuna no tiene sentido si se construye sobre cadáveres de niños palestinos. La humanidad no puede dividirse entre espectadores y verdugos: hoy todos estamos llamados a elegir de qué lado de la historia queremos estar.
Porque el silencio es complicidad. Y el levantamiento de la conciencia global, desde los más humildes hasta los más poderosos, es la única esperanza de detener a quienes repiten, con nuevos métodos y nuevas máscaras, el horror del Holocausto nazi.
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