Por Marcelo Colussi
Oct. 25/26.-
“Ningún derecho fue concedido por la generosidad de los poderosos. Todos fueron arrancados por la presión y la violencia de los de abajo.” Jorge Majfud
“La violencia en manos del pueblo no es violencia. Es justicia”, frase atribuida a Juan Domingo Perón, o a su compañera, Eva Perón. Sin importar quién la haya pronunciado, encierra una gran verdad. Los oprimidos por el sistema, siempre y en cualquier lugar, de la única manera en que pueden modificar su condición de tales, es por medio de la lucha. Y, guste o no, esa lucha echa mano de la violencia. Así se escribe todo el desarrollo de la humanidad desde que hay algo más que repartir cuando se llenaron las necesidades primarias, desde que la agricultura, hace diez mil años, generó un excedente y, consecuentemente, clases sociales. En tal sentido cobra total vigencia la expresión de Marx: “La violencia es la partera de la historia”.
La violencia es parte constitutiva de la dinámica humana. En estos momentos asistimos a una explosión de protestas populares surgidas en Europa, luego expandidas por todo el mundo, sin dudas violentas. La respuesta de los gobiernos es no menos violenta: represión abierta, lisa y llanamente. En Italia, país donde las manifestaciones están superando a la policía, la primera ministra, Giorgia Meloni -representante de una derecha neofascista que levanta las banderas de Mussolini-, afirmó que “los vándalos aprovechan las manifestaciones para sembrar caos, atacar a quienes velan por la seguridad y mantener ciudades como rehenes”. Los distintos mandatarios de países donde se han disparado protestas multitudinarias: Francia, Bélgica, Italia, India, Albania, España, Alemania, Chile, Kenia, Austria, Grecia, atacan con virulencias estas expresiones de furioso descontento popular, mientras que Donald Trump, en Estados Unidos -tan fascista y supremacista como Mussolini-, vincula la inmigración con los disturbios ocurridos en Francia -país donde comenzaron las protestas- instando a sus gobernantes a endurecer sus normas migratorias. ¿Serán los desesperados migrantes irregulares la causa de esta furia desatada, o lo será una situación general del sistema que no deja de excluir personas? La escocesa madre de Trump, o su abuelo alemán, todos también migrantes, ¿serán la causa de las multitudinarias marchas en Estados Unidos con la consigna “No Kings”?
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Ante el descontento fabuloso que anida en las poblaciones de distintas partes del mundo por las malas, o pésimas, condiciones en que viven las grandes mayorías, ahora empobrecidas más aún por la suba de los precios de los combustibles -y por consiguiente, de la canasta básica- derivada de la guerra en Medio Oriente, surgieron estas expresiones generalizadas de repudio. Según informes, en los últimos 12 meses, más de 57 países han experimentado importantes protestas antigubernamentales, de las cuales aproximadamente 33 continúan. En octubre de 2026, al menos 13 países registraron importantes manifestaciones callejeras. Los temas centrales por los que se alza la voz suelen ser el aumento del costo de vida, la disminución del poder adquisitivo, el desempleo y el acceso a servicios públicos.
En muchos lugares iniciaron como protestas estudiantes, pero eso llevó a expresiones masivas de la población, ya no solo por el déficit en el ámbito educacional, sino por la creciente pauperización que se vive, en muchos casos agravada por guerras interminables. Ese descontento se expresa con violencia. Condenarla, como hacen las autoridades mencionadas, es infinitamente hipócrita, pues el sistema capitalista es mucho más violento que una turba enardecida que quema un vehículo o lanza piedras contra un escaparate. Nunca hay que olvidar que el sistema dominante, el capitalismo, es tremendamente violento, aunque esa violencia no aparezca en los medios: mata de hambre todos los días a más de 20.000 personas en el mundo, decreta guerras por doquier, invade, tiene cárceles clandestinas, tortura, es infinitamente racista y patriarcal, maneja nuestras conciencias a través de los medios masivos de comunicación, destruye la casa común planeta Tierra a partir de su voraz modelo de producción y consumo, nos explota sin miramientos por todos los flancos. Todo eso ¿no es violencia? La lucha de clases no es solo un policía reprimiendo a garrotazos a un manifestante: tiene que ver con todo lo anterior.
He ahí la violencia fundamental y primera: la que el sistema explotador ejerce contra los oprimidos, reprimiéndolos con brutalidad cuando protestan e intentan cambiar eso. En cambio, la violencia de los oprimidos que se alza contra los opresores es una violencia de respuesta. Es, siguiendo lo dicho más arriba, una forma de hacer justicia. La derecha dirá que es rabia. Pues sí: en un sentido lo es. Rabia, cólera, odio de clase contenido, una visceral animadversión por quien nos expolia. v
Todo esto, este encendido espíritu de protesta, estas manifestaciones que parecen barrer buena parte del planeta, desde el campo popular, puede verse como una buena noticia. ¿Por qué? Porque esto demuestra dos cosas: 1) que el sistema no ofrece solución a los problemas básicos de la humanidad, por lo que hay que sustituirlo por otro (¿socialismo?), y 2) que las poblaciones, pese a que son adormecidas continuamente con distractores banales (los más variados “espejitos de colores”), están hartas de tanta opresión y miseria, y reaccionan.
1) Que el sistema no ofrece solución, es harto evidente. Mientras una encumbrada y pequeñísima élite acumula cantidades demenciales de riqueza, el pobrerío planetario cada vez vive en peores condiciones, tanto en el Norte como en el Sur. Para ejemplificarlo; en la Unión Europea, de los 27 Estados miembros que la conforman, 23 registraron un aumento de la inflación con respecto al mes anterior, acrecentando la penuria de sus habitantes, a quienes les cuesta cada vez más, por ejemplo, prender la calefacción, echarle combustible a su vehículo o llegar a fin de mes. Siguiendo con la ejemplificación, el presidente francés, enloquecido por la rusofobia que atraviesa el continente, propone un aumento del 10% en inversión militar y apenas un 0,7% en educación (lo que encendió las actuales protestas). En Estados Unidos, aunque su mandatario lo maquille, la pobreza real sigue aumentando, llegando al 12,9% de sus habitantes, con un millón de individuos durmiendo en la calle (homeless), y 47 de sus 50 estados en recesión económica. En el Sur global, donde muchas veces no se discute sobre la calidad de vida, sino sobre su posibilidad, continúa el hambre crónico (35% en inseguridad alimentaria), el analfabetismo (alrededor del 20%, afectando mucho más a las mujeres), las enfermedades endémicas (malaria, tuberculosis, las parasitarias) siguen causando estragos, dada la falta de saneamiento básico y el acceso limitado a servicios de salud, a lo que deben agregarse situaciones de guerra crónicas, estimadas en no menos de 50, y un patriarcado que se sigue imponiendo (feminicidios, desigualdad económica, avance de propuestas ultra conservadoras misóginas).
2) Las reacciones populares muestran que, como dijera la canción de Fito Páez inmortalizada por Mercedes Sosa: no todo está perdido. La caída de los socialismos reales de fines del siglo pasado, el actual agotamiento de las izquierdas sin proyectos de impacto y el avance de las ultra derechas sacaron de agenda -temporalmente- la idea de revolución socialista. Hablar de eso hoy día es sacrílego. El pensamiento conservador se ha instalado con tal fuerza en todo el mundo que el mensaje dominante intenta mostrar que, como dijera la Dama de Hierro Margaret Thatcher: “No hay alternativa”, o capitalismo… ¡o capitalismo! Pero los miles y miles, los cientos de miles de habitantes descontentos con la actual situación, millones de manifestantes en suma por la faz del planeta, con acciones violentas en muchos casos, muestran que, pese al embobamiento que pretende el sistema con su interminable mantra anticomunista y pro-mercado que inunda todos los espacios mediáticos, la gente reacciona.
Debe quedar claro que, aunque esa furia sea cada vez más grande y se expanda por más regiones del globo, sin un proyecto político que la conduzca, sin una vanguardia que se ponga al frente, no termina de cambiar nada sustancialmente. Lo cual evidencia que es imprescindible contar con una agenda de transformación superadora del capitalismo, hoy día aún por escribirse, y un partido revolucionario, de clase. He aquí un urgente llamado a las fuerzas de izquierda. Como correctamente lo expresa Mario Aguiriano: “La romantización de las protestas francesas y sus elementos más “explosivos” es, en ese sentido, un deje infantil -perdonable, desde luego, por la bondad de sus intenciones, y siempre preferible a la tibieza socialdemócrata, pero infantil en cualquier caso”.
De todos modos, aunque el sistema se muestra tan blindado y dispuesto a reprimir con saña (toques de queda, disparos a los ojos, armas que aterrorizan a los manifestantes, perros adiestrados y la parafernalia más inverosímil que pueda concebirse), la protesta surge y se profundiza. Sin dudas: no todo está perdido, aunque hablar de socialismo hoy lo quieran mostrar como pieza de museo. Para el campo popular del planeta: ¿quién dijo que todo está perdido?
CdF/EM
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